Bienvenidos

En el pasado encuentro mundial de las familias del 2006 celebrado en Valencia nuestro Santo Padre Benedicto XVI nos recordó con fuerza: "Los desafíos de la sociedad actual, marcada por la dispersión que se genera sobre todo en el ámbito urbano, hacen necesario garantizar que las familias no estén solas. Un pequeño núcleo familiar puede encontrar obstáculos difíciles de superar si se encuentra aislado del resto de sus parientes y amistades. Por ello, la comunidad eclesial tiene la responsabilidad de ofrecer acompañamiento, estímulo y alimento espiritual que fortalezca la cohesión familiar, sobre todo en las pruebas o momentos críticos. En este sentido, es muy importante la labor de las parroquias, así como de las diversas asociaciones eclesiales, llamadas a colaborar como redes de apoyo y mano cercana de la Iglesia para el crecimiento de la familia en la fe."

En respuesta a este llamada del Santo Padre y buscando cubrir las distintas necesidades que vamos descubriendo en el camino espiritual, ha hecho que el Espíritu Santo haya impulsado a un grupo de familias a crear un nuevo espacio de encuentro, donde familias de diversa índole y diversa procedencia podamos encontrarnos, compartir, enriquecernos y crecer espiritualmente.

Con el deseo de que esta pequeña llama que se ha encendido se extienda cada vez más, queremos invitarte a ti junto a tu familia a participar en los Encuentros de familias que se celebran en el Monasterio de la Trinidad en Mutxamel (Alicante)

Para cualquier duda o aclaración aquí os dejamos nuestros móviles y correos:
Toni: 676.64.34.21 ( Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo. ) Begoña: 686.75.16.38

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Vivir en el Monasterio es vivir una vida escondida por Cristo en Dios, que supone, en su caso, por una parte, la incondicional apertura a la acogida de aquel que llega, porque «es Jesús quien llega en él», nos dice una de las monjas.

Por otra parte, lleva consigo también una vida de soledad y silencio, que va fraguando el verdadero «desierto del corazón»

Por ello, a diferencia de las órdenes monásticas tradicionales, viven su desierto en la ciudad o en sus inmediaciones pues Dios quiere, allí, encontrarse con ellos en lo profundo de sí mismos y constituirlos testigos de su presencia oculta y misteriosa y a la vez siempre presente.

Cruzando el umbral del Monasterio, los ojos se van indiscutiblemente a la Iglesia de la Trinidad, situada en su centro geográfico, y en torno a la cual se desarrolla toda la vida de los monjes.

En una de sus paredes exteriores, la primera que contempla la mirada, el icono de la Trinidad de Andrei Tublev. Los tres ángeles que evocan la visita de Dios a la tienda de Abrahám, son los que acogen y dan ahora la bienvenida al visitante. Como antaño hiciera Abraham, ahora el Padre, el Hijo y el Espíritu invitan al visitante a sentarse a la «mesa del Banquete del Reino».

Todo está dispuesto y todo tiene un lugar en el Monasterio que la Fraternidad Monástica de la Paz tiene en Muchamiel (Alicante - España). Lugar desconocido para quien lo visita por primera vez, pero que, desde el instante en el que cruzas el umbral, inspira y siembra paz y silencio en el corazón del que a él accede.

La pequeña ermita de la Madre de Dios Portaïtissa, «Portera del cielo», abre paso hacia el interior del Monasterio, como acompañando e introduciendo al visitante hasta la Mesa del Banquete mientras tiñe con su suave presencia el mismo aire que respira puertas adentro.

Una puerta de cuarterones de cristal, flanqueada por dinteles de piedra, introduce en la contemplación del misterio de Dios. Llevando tu mirada hacia lo Alto, al frente, la Trinidad del Nuevo Testamento rodeada por la «creación del universo»; a la derecha, «La venida del Espíritu Santo sobre la Madre de Dios y los Apóstoles» cubriendo todo el ábside lateral; a la izquierda, «La Transfiguración en el Tabor». En el mismo plano que el visitante, los cuatro evangelistas, y los santos Clemente de Roma y Juan Crisóstomo, te reciben e introducen en el templo. La vida y el testimonio de cuatro mártires romanas, en lo alto de los ábsides, proclaman la Verdad por la que han dado sus vidas, y diversas escenas evangélicas te introducen en el día a día de la vida cristiana, mientras -sobre la puerta de acceso- la Madre de Dios abre sus brazos, acogiendo, abrazando... sobre el boceto de la Nueva Jerusalén de la que nos habla el Apocalipsis.

Desde el nacimiento de los iconos en la historia de la Iglesia, nunca éstos han sido considerados como una mera obra artística. Antes bien, los primeros iconógrafos, trataban de plasmar con colores y pinturas lo que los Evangelios expresaban con palabras (Concilio de Nicea II). Más aún, los iconos y, en general, la cultura bizantina, es una mezcla de cultura, arte, historia, fe... que se hace vida en el corazón de los habitantes del Imperio.

Desde los Emperadores hasta el campesino más humilde, vivían la experiencia de los iconos como expresión de la fe de un pueblo que experimentaba diariamente la intervención de Dios, de la Theotokos y de los Santos en su vida cotidiana, a semejanza de como lo vivían las primeras comunidades cristianas de Jerusalén.

Toda la cultura bizantina: arquitectura, escultura, pintura, orfebrería, bordados y manuscritos, entre otros, va a estar iluminada por esa fe que impregna cada una de las actividades y de la vida misma de los habitantes del Imperio.

Formada por dos asociaciones de fieles, casados o no, su forma peculiar de vivir el estilo de vida de la Fraternidad Monástica de la Paz consiste en que su primera misión estriba en implantar el Reino de Dios «en medio de las condiciones ordinarias de la vida familiar y social con las que su existencia está como entretejida, allí están llamados por Dios para que, desempeñando su propia profesión, guiados por el espíritu evangélico, contribuyan a la santificación del mundo como desde dentro, a modo de fermento, y así hagan manifiesto a Cristo ante los demás, primordialmente mediante el testimonio de su vida por la irradiación de la fe, la esperanza y la caridad» (LG 31) (del «Libro de vida de la Comunión de la Paz»).
«La oración constante, la provisionalidad como disponibilidad total ante Dios y la confianza absoluta en su providencia, la acogida; ese ser o querer ser una pequeña luz en el mundo, una presencia del Señor desde la propia pobreza y debilidad... todo eso me atraía. Pero ellos eran monjes y monjas, viviendo en un monasterio. Yo tenía esposo, hijos, mi hogar... ¿Cómo poder compaginar mi vida con ese ideal que me fascinaba? ¿Cómo poderlo vivir con toda radicalidad, con la misma radicalidad con que lo vivían, o deseaban ellos, pero dentro de mi estado de vida? [...]
Queremos vivir nuestra consagración bautismal y nuestra misión eclesial en íntima comunión con la Fraternidad Monástica de la Paz, en el mundo, en nuestro propio estado, participando del carisma que el Señor le dio, compartiendo su vida y su espiritualidad. Ese carisma que se plasma en formas concretas de vivir el amor a Dios y al prójimo, la oración constante, la acogida, la provisionalidad, la sencillez... Y una espiritualidad que bebe en las mismas fuentes que nuestros hermanos, los monjes y monjas de la Fraternidad Monástica de la Paz: la Palabra de Dios y el ejemplo de vida dejado por los Padres del desierto en todo aquello que es compatible con nuestro estado.
Compartimos también con ellos «la pasión por la unidad» de la Iglesia de Cristo y de todos los hombres. Celebramos con ellos la misma liturgia enriquecida con elementos de la tradición oriental, con un deseo de comunión expresado sobre todo en la oración y en la ofrenda de la propia vida a Dios»
( Del relato de un miembro de la «Comunión de la Paz», Theofanía, 11, 33-36)