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Vivir en el Monasterio es vivir una vida escondida por Cristo en Dios, que supone, en su caso, por una parte, la incondicional apertura a la acogida de aquel que llega, porque «es Jesús quien llega en él», nos dice una de las monjas.

Por otra parte, lleva consigo también una vida de soledad y silencio, que va fraguando el verdadero «desierto del corazón»

Por ello, a diferencia de las órdenes monásticas tradicionales, viven su desierto en la ciudad o en sus inmediaciones pues Dios quiere, allí, encontrarse con ellos en lo profundo de sí mismos y constituirlos testigos de su presencia oculta y misteriosa y a la vez siempre presente.